domingo, 12 de diciembre de 2010

Sobre el rol de la Arqueología en Chile, con el contexto latinoamericano a cuestas.

Tratar de hablar en términos sencillos de la Arqueología, lo que puede llegar a hacer como disciplina, lo que realmente hace, y sobre todo, cómo lo hace, es una tarea no muy fácil, sin caer en la redacción de un texto que no dice nada nuevo, o que lo dice de manera incompleta.
Recuerdo cuando decidí entrar a estudiar Arqueología a la Universidad de Chile. Decidí entrar a la carrera porque me llamaba la atención que esta gente estuviera siempre viendo "cosas antiguas" y cuidándolas, dándoles sentido de alguna manera. Los arqueólogos eran una suerte de "itemfinder", unos sabuesos de las cosas. Y algo así es lo que respondía ante la pregunta de “¿qué es la arqueología, mijita?”
El primer ejercicio de síntesis que se nos hizo hacer, fue resumir un texto de Ian Hodder que hablaba de cómo el pasado puede generar categorías de identidad, de pertenencia a una continuidad histórica para una comunidad (Çatalhoyuk). Y a pesar de que la postmodernidad, y el hábito de no querer explicar nada, sino que interpretarlo me parecen sospechosos, poco serios y bastante cómodos, me parece que existe una posibilidad y una necesidad real de generar estos nexos, esta justificación social de la existencia de la arqueología. Porque los artefactos no se utilizaban a sí mismos. Con esto no quiero que se me clasifique como postmoderna, pero a veces los arqueólogos pierden el norte, o se les pierden las personas.
Y es que la Arqueología tiene la capacidad de generar explicaciones a partir de soportes tangibles, visibles, como lo son los artefactos, y otros elementos involucrados en la mantención de los mismos, como el paisaje. Por ello, la Arqueología es un instrumento potente en la generación de identidades (como los históricamente documentados nacionalismos generados, por ejemplo, a través de la construcción de “Lo Atacameño”).
No obstante, la Arqueología en Chile se desenvuelve en un panorama donde las visiones son siempre diametralmente opuestas, irreconciliables (como los postprocesuales que no quieren saber de números, tanto como los procesuales no quieren saber de interpretaciones del sitio y sus materiales). Esta característica permea el rol de la arqueología nacional, y la forma en que se cumple (entendiendo como rol, aquello que la vincula con los sectores no relacionados con la esfera científica). ¿Con qué relaciona la gente normal la práctica arqueológica? (descartando respuestas como el estudio de los dinosaurios o de las estrellas). La respuesta está sin duda vinculada a temas como la conservación del patrimonio, “las ruinas”, y más recientemente como “esos que hacen impacto ambiental” pero no se le menciona como un eventual y real referente para poner en valor, actualizar, relevar, asuntos de la identidad de los grupos. No sólo con miras hacia la prehistoria, sino que hacia el pasado más inmediato, más tangible, más asociable, más “recordable”.
Todo lo anterior ocurre a pesar de que en América en general se están desarrollando interesantes trabajos desde la Arqueología, para dar cuenta de las tensiones, conflictos y articulaciones de las sociedades a lo largo de su historia particular.

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